jueves, 26 de diciembre de 2013
Una mañana
Día a día tengo que lidiar con una almohada incomoda y una alarma que detesto, pero que a la vez es programada por mi misma mano. La maña de mis ojos me pellizca las primeras ganas de no salir de la cama y los bostezos solo hacen más difícil tener que quitar esa sabana de una tonelada que se encuentra sobre mi. Desde el desayuno insípido hasta el agua insensible sobre mi cuerpo a la hora de la ducha, me visto como todos los días y el elemento de ruptura de la rutina diaria, es la fecha sobre el diario de cada mañana al entrar al metro. La gente se encarga de sembrar un ambiente soporífero al vagón, acompañado de 30 grados y medio metro cuadrado donde mantener el equilibrio, finalmente se encuentra un cobijo ajeno donde depositar las ansias de recostarse, medio de pie sobre un completo desconocido. En el momento que se abren las puertas, la presión dentro del vagón no permite a gente entrar ni salir del bendito tren, que se viste de manera cómica como campos de concentración, torturando a gente con la falta de oxígeno. Ya llegando a destino, usualmente acompañado de una chica incómodamente linda, un tipo exageradamente grande y un par de seres con corbata, se abren las puertas expulsando a la gente de manera descontrolada, como si fuera un rebaño de ovejas perseguidas por un perro hambriento, todos apresurados por llegar a donde deben llegar, pero sin ganas siquiera de seguir caminando a marcha de transeúnte. A pesar de todo el ritual vivido por las personas que comparten rumbos similares, no podemos quitar la tan famosa y alentadora frase, cliché desde tiempos inmemorables..."Buenos días".
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