Te voy a contar la historia de un hombre, un tipo solitario y que
su pasatiempos favorito era vagar por las inmensas llanuras desoladas de su
subconsciente. Al comienzo del viaje siempre yacía él de pie sobre arena grisácea,
en un lugar que se extendía hasta que ésta arena se juntaba con la línea del
horizonte. Explorando el vasto desierto sin ningún fin en especial se dedicaba
a buscar caminando en la nada, pero sereno porque a pesar de ser nada, brindaba
un toque familiar que hacía gustosa la estancia, los largos ratos que dedicaba
a tan entrañable búsqueda.
En uno de los tantos viajes, caminando con la mirada perdida se
topa con una musa, el solo hecho del encuentro desató una reacción en cadena
dentro de su cuerpo, que se limitó a ingresar por los ojos, pero sin siquiera
preguntar se apoderó de sus sentidos, provocando un estallido que retumbó
dentro del pensamiento del hombre. El primer encuentro con ésta musa había
encendido la parte que se encuentra normalmente apagada en una persona que se
dedica a buscar nada en la nada, ese lugar pensante que consideraba vacío hasta
que logró congeniar visualmente, a la ya amada musa. Tan maravillosa reacción,
hizo que su mente volara a confines desconocidos para el hombre.
Luego empezó a notar que todo lo que ocurría no poseía un orden,
similar a la creación de un cosmos, el caos reinaba hacia donde prestara
atención, un desorden espléndido digno de ser retratado. Sin nada al alcance de
las manos, se limitó a observar sereno como todo se revolucionaba a su
alrededor, como los colores nacían desde el suelo y desaparecían en la nada, de
lo que ésta vez sería el todo. Emergían sin cesar nuevos pensamientos que se
plasmaban en astros navegantes, palabras que daban a lugar a poesías que se
transformaban en serenatas que serían capaces de hacer caer a la luna. Sin duda
alguna un espectáculo digno de nadie.
Tomo de la mano a la musa y la llevo a caminar a través de la euforia
presente en todo el lugar. La besó y parecía que ya no quedaría lugar para
estar de pie, un apocalíptico escenario se llevaba a cabo, a tal envergadura
que pareciese que todo se desplomaría dejando nada más que el consumado amor
que se llevaba a cabo en los brazos del hombre, habiendo dejado de lado por
primera vez aquella arena grisácea, fiel
compañera de su antiguo reino, el reino de la nada, que por primera vez era
algo.
Plasmada en sus brazos y sin apuro, de su lado la musa comenzó a desvanecer,
y junto con ello cesaba el ritmo del carnaval que se llevaba a cabo. Se situó
en frente de sus ojos y sintió una sensación similar a la del comienzo, se
trataba del segundo encuentro con aquella entonces, opaca musa del caos. Por el
portal de su mirada ingresó el sombrío sentimiento que se apoderó de sus
sentidos provocando la decadencia de sus pensamientos, volviendo gris el
contorno de la sección antes encendida y ordenando todo el desorden antes
formado. Poco a poco la compañera que hizo posible lo que él creía era la
solución que buscaba sin saberlo, dijo el último adiós con una reverencia hacia
él, un gesto noble de un ser divino, hacia un simple y solitario hombre que
yacía ésta vez entre escombros y silencio, ambos dignos de él.
Caminando entre ruinas y arena, comenzó a notar que poseía
recuerdos remanentes de la amada y ya desvanecida musa, que provocaban
sensaciones nuevas de añoranza y esperanza de algún día poder presenciar
nuevamente todo lo sucedido. Por entre los cometas caídos y estrellas carentes
de luz desparramadas sobre el suelo, comenzó a divagar nuevamente, pero esta
vez con un propósito más valioso, lograr encontrar el espectáculo dirigiéndose al
horizonte y dar las gracias a la musa, su amiga, compañera y amada, diosa del
caos.